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número 83 / mayo 2026
Nuevas miradas en mediación familiar
Parte del problema. Prácticas disfuncionales en la intervención letrada en mediación familiar
Martín L. Balboa
Biodata

Martín Leoncio Balboa
Abogado y mediador familiar con dedicación exclusiva. Posee formación especializada en mediación familiar, pareja y familia. Ha publicado artículos y presentado ponencias sobre mediación e intervención en conflictos familiares. Asimismo, desarrolla actividades de capacitación y docencia en la materia.
Resumen
El artículo examina diversas prácticas frecuentes de la intervención letrada en mediación familiar que, aun culturalmente normalizadas, suelen obstaculizar la construcción de soluciones funcionales y agravar innecesariamente la conflictividad. A partir de ejemplos de práctica profesional, se analizan errores habituales, como la confusión entre firmeza y agresividad, el reduccionismo argumentativo, la pseudolectura psicológica de las partes, la falta de comprensión de los tiempos del proceso y la tendencia a litigar emocionalmente el conflicto. Se propone, en definitiva, una reflexión crítica sobre la necesidad de profesionalizar la intervención jurídica en mediación en consonancia con las particularidades del derecho de familia contemporáneo.
Texto
—“Si vamos a hacer filosofía me quedo en mi casa.”
La frase fue pronunciada por una abogada en una mediación familiar cuando el trabajo sobre una cuestión aparentemente tangencial comenzaba a revelar dimensiones más profundas del conflicto. Más allá de la anécdota, la escena ilustra con notable claridad una dificultad frecuente: la incapacidad de muchos operadores jurídicos para advertir que en mediación familiar no todo lo importante ocurre en el plano de lo inmediatamente “concreto”.
Quienes trabajamos cotidianamente en este ámbito observamos con frecuencia una paradoja tan habitual como poco explicitada: profesionales jurídicos técnicamente solventes en materia normativa que, al intervenir sobre conflictos humanos complejos, adoptan conductas que dificultan —cuando no frustran directamente— la posibilidad misma de arribar a soluciones funcionales.
El problema no suele residir en mala fe ni en falta de compromiso profesional. Por el contrario: muchas de estas intervenciones surgen precisamente de abogados genuinamente comprometidos con la defensa de su cliente, convencidos de estar actuando con firmeza, eficacia y celo profesional. Sin embargo, cuando el conflicto involucra vínculos familiares en crisis, alta emocionalidad, interdependencia continuada y dinámicas relacionales delicadas, no toda conducta que parece intuitivamente adecuada produce en la práctica los efectos que el profesional imagina.
Lo que sigue no pretende constituir una descalificación de la abogacía ni una idealización ingenua de la mediación familiar. Se trata, más modestamente, de una invitación a revisar ciertas prácticas habituales que, aun culturalmente normalizadas, suelen obstaculizar el trabajo sobre el conflicto más de lo que contribuyen a resolverlo.
1. Creer que todo conflicto familiar se resuelve “yendo a lo concreto”
Mediador —¿Y por qué eligieron ese nombre para su hijo?
Usuario —Por la filosofía del viaje de Ulises… Le cuento…
Su abogada (cortándolo) —Bueno, si vamos a hacer filosofía me quedo en mi casa.
La escena ilustra una concepción extremadamente reduccionista de la mediación familiar: la idea de que toda conversación que no se refiera inmediatamente a días, horarios, dinero o propuestas concretas constituye una pérdida de tiempo.
Subyace allí la noción de que el conflicto familiar sería, en esencia, un problema organizativo que debe resolverse mediante intercambio eficiente de propuestas logísticas. Pero quien trabaja con familias sabe que rara vez se discute solamente sobre días, horarios o dinero. Muy frecuentemente, detrás de esos temas aparentes se juegan cuestiones identitarias, simbólicas, vinculares o emocionales cuya gestión resulta indispensable para intervenir con alguna eficacia.
Ello no implica convertir la mediación en terapia ni abandonar su orientación hacia soluciones concretas y operativas. Significa, simplemente, reconocer que muchas veces tales soluciones no se vuelven posibles mientras persistan resistencias, significados o bloqueos relacionales no atendidos. Cuando una puerta está cerrada, insistir en empujarla con más fuerza rara vez es la estrategia más inteligente: a veces resulta necesario probar una llave distinta. Del mismo modo, cuando una propuesta concreta no logra avanzar porque el conflicto permanece trabado en planos más profundos, insistir exclusivamente en la superficie logística del desacuerdo suele ser estéril.
No toda exploración de significados es una digresión improductiva. Muchas veces, precisamente allí donde parece que “no se está yendo a lo concreto” es donde comienza a emerger lo verdaderamente importante.
En ciertos conflictos la vía más corta hacia la solución no siempre es la más lineal.
2. Confundir firmeza con agresividad
—Mi cliente no va a aceptar semejante disparate.
—Si ustedes siguen con esta postura, iremos hasta las últimas consecuencias.
Persiste en muchos ámbitos profesionales la idea implícita de que una defensa eficaz requiere adoptar una actitud confrontativa, hostil o agresiva hacia la contraparte. Como si el abogado que no presiona, no eleva el tono o no intimida estuviera siendo blando, ingenuo o insuficientemente comprometido con su cliente.
Sin embargo, firmeza profesional y agresividad no son equivalentes. La primera supone claridad en los objetivos y capacidad de sostener intereses relevantes con criterio. La segunda suele consistir, más bien, en descarga emocional revestida de aparente contundencia.
La agresividad puede impresionar.
Rara vez persuade.
3. Creer que retar a la contraparte producirá insight
—Usted tiene que entender que está actuando mal.
—Un juez no va a tolerar este comportamiento…
—Si realmente pensara en sus hijos, no estaría haciendo esto.
Subyace aquí una presuposición sorprendentemente extendida: la idea de que el conflicto persiste porque nadie habría confrontado aún suficientemente a la otra parte con la incorrección de su conducta.
Como si bastara con explicarle con claridad a alguien que está equivocado para que, iluminado por la razón, abandone su posición y coopere.
Persistir en la expectativa de que un conflicto familiar atravesado por afectos intensos, heridas relacionales y dinámicas interpersonales podrá resolverse mediante sermones, amenazas o mera presión argumentativa supone, en rigor, una forma de pensamiento mágico profesional: la creencia infundada de que la sola fuerza de la razón, expresada con suficiente firmeza, bastará para producir cooperación allí donde no se han construido aún las condiciones subjetivas y relacionales necesarias para ello.
Humillar no produce insight.
Presionar no equivale a persuadir.
4. Improvisar psicología de café
—El problema es que ella claramente tiene un perfil manipulador.
—Él es un narcisista típico.
—Yo ya conozco este tipo de madres.
Pocas prácticas son tan frecuentes como la formulación de pseudo-lecturas psicológicas improvisadas por profesionales sin formación específica en la materia. Son la contracara de las intervenciones problemáticas anteriores, pero se enmarcan en el mismo reduccionismo.
Se diagnostica con notable ligereza: narcisismo, manipulación, perversión, alienación, dependencia emocional, trastornos de personalidad. Todo ello usualmente sobre la base de prejuicios, intuiciones, estereotipos o impresiones subjetivas obtenidas tras escasos minutos de interacción.
Comprender la dimensión humana del conflicto no exige improvisar diagnósticos. Exige, muchas veces, precisamente tolerar la complejidad sin apresurarse a clausurarla mediante etiquetas tranquilizadoras.
Permitirse no tener una explicación para todo.
5. No saber leer la sala
El mediador trabaja cuidadosamente una intervención orientada a explorar una necesidad subyacente o a destrabar una resistencia emocional.
En ese momento, el abogado interrumpe:
—Perdón, pero antes de seguir quería volver al tema de la cuota…
La intervención puede parecer menor. No lo es.
Uno de los errores más frecuentes en mediación consiste en no registrar que el proceso tiene una lógica secuencial, un timing y una arquitectura propios. No todo tema debe introducirse en cualquier momento. No toda inquietud merece ser planteada inmediatamente.
Lo que suele presentarse como eficiencia no es, muchas veces, más que la pretensión de tomar atajos en un proceso que todavía requiere elaboración.
6. No registrar el tiempo de los procesos familiares
—¿Tanto para un régimen de comunicación? Con una hora alcanza y sobra.
La objeción revela una comprensión superficial tanto del conflicto como del proceso de mediación.
No todo conflicto familiar es simple porque formalmente verse sobre una cuestión aparentemente acotada. Detrás de un expediente de “régimen de comunicación” pueden existir años de resentimiento acumulado, heridas relacionales profundas, temor a perder vínculo con los hijos, desconfianza estructural o desacuerdos parentales severos.
La superficialidad suele ser veloz.
Difícilmente sea eficaz.
7. No colaborar con la estrategia de mediación
A veces, el mediador intenta construir una determinada línea de trabajo y el profesional acompañante la contradice, la desautoriza, la boicotea con comentarios laterales o introduce intempestivamente otra lógica de intervención.
No se trata de exigir obediencia al mediador ni de suponer que su criterio sea infalible. Se trata de algo más elemental: quien decide participar en un proceso de mediación debería al menos comprender mínimamente la lógica metodológica del espacio en que está interviniendo.
La mediación es, en buena medida, un espacio que se co-construye entre quienes intervienen, y ello exige que el mediador permanezca abierto a considerar observaciones, preferencias o propuestas de los profesionales acompañantes respecto del modo de conducir el caso.
Pero esas diferencias deben canalizarse como parte de una conversación profesional sobre diseño de intervención, no mediante interrupciones, quejas laterales, desautorizaciones en sala o formas indirectas de desarticulación de la dinámica de trabajo.
No puede exigirse eficacia a un dispositivo mientras simultáneamente se lo sabotea.
8. Fusionarse con la narrativa de su cliente
Hay profesionales que llegan a sala más indignados que su propio representado.
—Nosotros no vamos a pagar esa cuota.
—Nosotras no tenemos confianza para dejar al nene ahí.
—Nosotros no vamos a aceptar ese régimen.
El uso espontáneo del plural no es casual. Del mismo modo en que quien mira un partido desde la tribuna dice “ganamos” o “perdimos”, el abogado que se fusiona con la narrativa de su cliente comienza a hablar como si el conflicto le perteneciera.
Asume la versión del representado como verdad indiscutida. Se ofende personalmente ante cualquier cuestionamiento. Litiga emocionalmente el caso como si fuera parte directa de la historia.
En esos casos, el abogado deja de asesorar y pasa a coparticipar emocionalmente del conflicto.
Acompañar al cliente no implica compartir acríticamente su narrativa.
Implica ayudarlo a pensar mejor, no a enojarse con mejores argumentos.
9. Infantilizar —o abandonar— al propio cliente
Dos extremos igualmente frecuentes.
Primer extremo:
—Vos hacé esto que te digo.
—No aceptes nada.
—Firmá acá.
Segundo extremo:
—Eso lo tenés que decidir vos.
—Yo no te puedo decir qué te conviene.
En un caso, el profesional sustituye indebidamente la autonomía del cliente. En el otro, abdica de su función orientadora.
Asesorar no es decidir por otro.
Pero tampoco es dejarlo solo con decisiones difíciles sin el acompañamiento técnico y empático necesario para ponderarlas adecuadamente.
10. Litigar argumentalmente el conflicto en lugar de ayudar a transformarlo
Quizá el problema de fondo sea este: muchos profesionales siguen interviniendo en mediación familiar como si el objetivo consistiera simplemente en derrotar argumentalmente a la contraparte o forzarla a ceder.
Pero el conflicto familiar no desaparece porque alguien “gane” una discusión o por “torcerle el brazo” a la otra parte. Y menos aún cuando quienes están en disputa seguirán inevitablemente vinculados como padres, madres o miembros de un mismo sistema familiar.
En estos contextos, tener razón jurídicamente —aun suponiendo que efectivamente se la tenga así, sin matices— rara vez basta. Porque la implementación práctica de cualquier solución exige, en alguna medida, cooperación de la otra parte.
Quien interviene ignorando esa interdependencia muchas veces obtiene victorias tácticas al precio de derrotas relacionales duraderas.
Y entonces la familia retorna una y otra vez al juzgado, cada vez más deteriorada, más dependiente del sistema y menos capaz de gestionar autónomamente sus desacuerdos.
Comentarios finales
Muchas de las prácticas aquí descriptas no constituyen meros errores aislados de técnica profesional, sino la persistencia de formas de intervención propias de un paradigma más antiguo de ejercicio profesional: paternalista, adversarial y centrado en la lógica de imposición antes que en la facilitación de procesos autónomos de decisión.
Sin embargo, el derecho de familia contemporáneo se estructura crecientemente sobre otros presupuestos: perspectiva vincular, autonomía progresiva, enfoque de derechos, reconocimiento de la diversidad familiar y centralidad de soluciones sostenibles para sistemas relacionales complejos. Intervenir adecuadamente en este campo exige que las prácticas profesionales evolucionen en consonancia con ese cambio de paradigma.
Trabajar bien —y trabajar verdaderamente a derecho— no consiste únicamente en conocer normas y sostener posiciones jurídicas técnicamente defendibles. Exige también intervenir de manera coherente con la lógica relacional, humana y jurídica propia de la materia sobre la que se opera: cuidar los vínculos familiares.
Lo contrario no es firmeza profesional.
Es, muchas veces, la persistencia acrítica de formas de intervención que el campo ya debería haber superado.
Más aún: el problema de muchas de las conductas aquí descriptas no es únicamente que resulten relacionalmente problemáticas. Es también que, sencillamente, suelen funcionar mal incluso en términos de satisfacer los intereses más valiosos del propio cliente, que muchas veces exceden ampliamente la posición jurídica explícitamente sostenida en sala.
Quien reclama una cuota alimentaria rara vez desea meramente una cifra. Quien discute un régimen de comunicación no está litigando simplemente días y horarios. Quien disputa el cuidado personal de sus hijos no busca sólo una categoría jurídica. Detrás de esas posiciones explícitas suelen encontrarse necesidades más profundas: seguridad, vínculo, reconocimiento, tranquilidad, previsibilidad. Esta distinción entre posiciones explícitas y necesidades subyacentes ha sido desarrollada extensamente por Marshall Rosenberg en el marco de la Comunicación No Violenta, mostrando en la práctica cómo buena parte de los conflictos persistentes se sostienen precisamente por la incapacidad de identificar y trabajar adecuadamente sobre aquello que subyace a las demandas formuladas en superficie.
Para lograr mejores autocomposiciones el abogado de familia no necesita convertirse en psicólogo, mediador ni terapeuta. Pero sí necesita abandonar la pretensión simplificada de intervenir eficazmente sobre conflictos humanos complejos mediante intuiciones legas, racionalismo argumentativo, confrontación adversarial y reproducción automática de prácticas heredadas de la lógica del litigio.
Por último, el deber de no dañar. Allí donde se trabaja con vínculos continuados, afectos heridos y personas que seguirán necesitándose mucho después de terminado el expediente, la calidad de la intervención profesional depende también de saber no agravar aquello mismo que se pretende restaurar. Difícilmente pueda afirmarse que se ha defendido adecuadamente a una persona si, en nombre de obtener una concesión puntual, se contribuye a incendiar la familia que luego deberá seguir habitando.
Revisar críticamente nuestras prácticas puede resultar incómodo. Pero quien interviene sin tolerar la incomodidad de revisar su propia praxis corre el riesgo de convertirse, sin advertirlo, en parte del mismo problema que pretende resolver.
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