número 82 / noviembre 2025

Enfoques y acciones de mediación

El teatro en el dispositivo de la mediación

Hacia un enfoque performativo. Recorriendo los andamios de la arquitectura teatral de la mediación

Juan María Luce

Biodata

Juan María Luce 
Abogado. Mediador. Profesor Universitario y Formador de Mediadores. Profesor de grado y posgrado en la Universidad de Buenos Aires. Coordinador del área de “Métodos Alternativos para el Abordaje de Conflictos” en la carrera de grado de la  Facultad de Derecho de la UBA. Profesor de Teatro y creador del Laboratorio Teatral para Mediadores. Actualmente Director Nacional de Mediación y Métodos Participativos de Resolución de Conflictos
 

Resumen

El autor propone, con una mirada innovadora, pensar la mediación como un hecho teatral. A partir del análisis del enfoque “performativo” —inspirado en Goffman, Brook, Boal y la dramaturgia clásica— argumenta que la mediación comparte con el teatro su arquitectura dramática, sus roles, sus tensiones y su juego entre verdad y representación. Así, invita a repensar la práctica mediadora desde los conceptos de puesta en escena, cuerpo, personaje, máscara y narrativa, entre otros, abriendo nuevas líneas de investigación para expandir el enfoque   transdisciplinario de un campo en permanente transformación.

Texto

“Igual que en un escenario, finges tu dolor barato…”

(Puro Teatro. La Lupe)

 

 

Me propongo reflexionar en estas páginas sobre cómo el Teatro –en su acepción más amplia y profunda– si bien es una práctica afín a la Mediación, que por su carácter “transdisciplinario” se nutre de diversas fuentes, aún no ha sido estudiado como una de sus disciplinas nutrientes. Si abrimos nuestra mirada, podremos enriquecer nuestro trabajo mediador con las infinitas posibilidades que el Teatro nos brinda.

Desde los inicios del desarrollo –en su forma moderna, en el siglo XX– de la Mediación como método apropiado para el tratamiento de ciertas disputas interpersonales, varias disciplinas han contribuido a su consolidación: el Derecho, la Psicología, la Antropología, la Sociología, la Teoría de la Comunicación, la Conflictología, el Teatro, entre otras. Justamente, una particularidad que la define es su carácter “transdisciplinar”. En lo que hace al teatro, recuerdo las capacitaciones donde los primeros mediadores formados en la Argentina éramos entrenados mediante juegos y ejercicios teatrales. Esto era novedoso en los años ‘90[i]. Ya desde entonces, el Teatro comenzó a ser valorado como una disciplina enriquecedora para el entrenamiento de las habilidades del Mediador: el despliegue del potencial expresivo, la lectura del lenguaje corporal, la sensibilidad, la ductilidad, la creatividad, la imaginación. Asimismo, recursos didácticos como el “role-playing” y las dramatizaciones se fueron consolidando como herramientas pedagógicas muy apropiadas –hoy imprescindibles– en la formación de Mediadores[ii]. Sin embargo, considero insuficientes estas aproximaciones: nos encontramos en una etapa de expansión de la mediación, territorial a nivel global, pero también en diversos ámbitos y contextos, en todo el entramado social. Ello exige mayor profundidad y más aperturas en las líneas de investigación.

Me interesa avanzar en las influencias que el teatro tiene en la Mediación. Ambas disciplinas tienen varios puntos de encuentro. Cada una enriquece a la otra. Sin embargo, considero que aún no ha sido tratada y estudiada seriamente como una de las disciplinas nutrientes de la mediación. ¿Acaso sea porque todavía lo artístico es percibido como una “hermana menor” de otras disciplinas, y como tal, no debería inmiscuirse en los asuntos de los mayores?

¡El Teatro es cosa seria!

El Cine morirá con la tecnología; el Teatro, con la humanidad. Con su “linterna mágica”[iii] explora el alma humana. Las escenas que observamos están inspiradas en la vida misma. El Teatro nos transporta a otros escenarios, la realeza de la Edad Media o de la Antigua Grecia, los campesinos españoles del siglo XIX, o las familias de clase media baja en las castigadas ciudades del interior de los Estados Unidos a mediados de siglo XX y, sin embargo, siempre encontramos reflejos de nosotros mismos, de nuestros conflictos y pasiones.

Desde los albores de la humanidad, las más grandes verdades fueron pronunciadas por los dramaturgos. Siempre hubo alguien que receptara, registrara, escribiera y reflejara los cuestionamientos y sentimientos humanos que trascienden toda época. En los teatros se crean y se recrean los mitos universales y los conflictos y personajes arquetípicos que quedan plasmados como un legado a la humanidad. Tomemos, por ejemplo, a Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Molière, por solo nombrar algunos pocos clásicos. Y más cerca en el tiempo: García Lorca, Tennessee Williams, Arthur Miller, entre tantos otros. Tienen en común que nos hablan de los temas humanos universales. Las épocas pasan. Revoluciones, guerras, tecnología transforman el mundo permanentemente. Y, sin embargo, vestidos de distintos ropajes, los temas son siempre los mismos: la lucha, el conflicto entre ser y deber ser, libertad y sometimiento, deseo y represión, amor y odio, soledad y gregarismo, naturaleza y civilización. Una tensión dramática vital –fuerzas en pugna–, y en la manifestación de esa lucha sus actores discuten, pelean por el poder, ejercen la violencia o son violentados, son dominados por sentimientos de celos, de amor apasionado, los carcome la duda. Inmortales personajes que van apareciendo con el correr de los siglos para ensanchar nuestra cosmovisión y nuestro mundo interior. Personajes arquetípicos patrimonio de la humanidad –como Hamlet, Romeo y Julieta, Othelo, Nora en Casa de muñecas, Antígona, Edipo y tantos otros– viven en nuestra cultura para siempre, emocionándonos, enseñándonos y haciéndonos pensar. Tal vez en el fondo de toda creación radique una pregunta fundamental: ¿cuál es el sentido de mi existencia? ¿De dónde vengo? ¿Quién soy? ¿Cuál es el sentido de mis acciones? ¿Existe vida después de la muerte?[iv]

Acaso sea por todo lo mencionado anteriormente que el Teatro haya sido siempre a la vez un espacio de resistencia y un territorio apetecible para el poder de turno. Busca formas para decir aquello que no se puede decir. En esa búsqueda descubre canales expresivos, de comunicación metafórica y ambigua, y de este modo los enriquece. A mayor dificultad para decir, más se enciende la lámpara del genio. Nada puede silenciarlo. Estará siempre allí para incomodar, para decir lo prohibido, para hacer visible lo invisible. Estuvo desde los inicios y seguirá hasta el final. Se nutre de la necesidad humana de expresar y de interactuar con los semejantes. Surge de la desesperada búsqueda del otro: el hecho teatral se da cuando hay dos personas. Podemos prescindir de todo lo demás –luces, vestuario, escenografía– y quedarnos con lo esencial: un actor y un observador[v]. Dos personas: una que actúa –realiza acciones– y otra que mira esas acciones. A diferencia de las acciones que realizamos en soledad (nuestros momentos privados), en la vida cotidiana interactuamos permanentemente y nuestras acciones cobran significado en tanto somos “mirados” por otros.

 

Entonces… ¿la vida es un teatro?

Para el sociólogo Erving Goffman, la sociedad se muestra como una escenificación teatral donde la vieja acepción griega de persona recobra pleno significado[vi]. Esta comparación entre el teatro y la vida social hizo que su modelo recibiera el nombre de “enfoque dramático” o “análisis dramatúrgico” de la vida cotidiana.

En el “Escenario de la Vida” realizamos “performances”, acciones que ejecutamos para ser observados por otro. En esa interacción se da una encrucijada entre expectativas: lo que el público (el otro) espera de mí y lo que yo espero del otro (mi público). En esos intercambios cotidianos, aparentemente intrascendentes –lo que Erwing Goffman denomina “la sociología de lo infinitamente pequeño”–, circulan percepciones –y atribuciones de significado– entre unos y otros, en un camino de ida y vuelta: yo percibo que tú percibes que yo percibo…. De ese modo, se van configurando los “comportamientos tipificados”: rituales que se convierten en reglas de la interacción, como el saludo, las ceremonias, las presentaciones, los agradecimientos, los discursos en general. La sociedad nos pide esconder o adornar la verdad. En cierto modo, “mentimos” al escoger las palabras que corresponden a las expectativas de nuestro interlocutor. Las reglas de Ceremonial y Protocolo nos indican aquello que podemos y debemos decir y aquello que no. Nos acomodamos a los diferentes contextos socioculturales, y según qué rol estemos jugando en la vida, representaremos un papel determinado. ¿Saludaremos con un apretón de manos o con un beso? ¿Dos o cuatro besos? ¿Miraremos a los ojos o bajaremos la cabeza? ¿Qué debe hacer un hombre ante una mujer? ¿Si es joven, si es mayor? ¿Cómo nos comportaremos en un velorio? ¿Somos familia cercana o simples colegas de trabajo? ¿Qué palabras son más apropiadas? ¿Cómo agradecer un premio en público? ¿Cómo comenzar una conferencia? A cada posición social, le corresponde un rol al que se le adjudica una función, y se le exige un comportamiento determinado. A su vez, una misma persona cumple diversos roles y su “performance” se va adaptando a la circunstancia en la que se encuentra. Tomemos al señor X como ejemplo: se levanta por la mañana, da un beso a su esposa, desayuna con sus hijos, toma el autobús para ir a su trabajo, conversa con otro pasajero, camina hasta su oficina donde tiene un intercambio con el ascensorista, permanece varias horas con sus colegas, tiene reuniones con clientes, se va al gimnasio donde cambia su vestimenta, sus modales y sus palabras, por la noche se reúne con amigos, toman unos tragos y se divierten, llega a su hogar, y en la intimidad con su esposa le relata su día, con momentos de diversión pero también contándole sus miedos e inseguridades, los cuerpos se acercan, el tono de voz se hace más suave para las confidencias y el amor. Somos seres sociales y multifacéticos. Existen muchos roles en nosotros mismos. La sociedad espera algo de nosotros. Así, nuestras pautas de interacción van cambiando según quién sea nuestro interlocutor. El padre, el esposo, el amante, el deportista, el oficinista, el político, el mediador, el abogado pronunciarán discursos diferentes, adoptando las expresiones más adecuadas para controlar las impresiones del otro –“el público”–. De este modo –siempre siguiendo a Goffmann–, se va construyendo la alienación en la comunicación cotidiana entre los individuos y los grupos, y por tal motivo es fundamental la empatía.

Como actores sociales individuales y colectivos construimos significados en la interacción, siendo, a la vez, sujetos y objetos de la comunicación. De ahí la importancia de la puesta en común y el diálogo.

 

Las apariencias engañan

Estamos en el campo de la “representación”. Actuamos, ante el otro, adoptando expresiones tendientes a controlar las impresiones de nuestro público. Las expresiones son explícitas –lenguaje verbal– o indirectas –lenguaje gestual–, y también provienen del entorno, como nuestra vestimenta, los adornos, la decoración. Todo expresa. Siguiendo las ideas de Goffman, las personas mostramos una fachada que nos sirve para fijar los significados que pretendemos fijar en el otro. Esa “dotación expresiva” está compuesta por nuestro lenguaje verbal, no verbal y entorno. Normalmente convergen, pero no siempre. El público difícilmente pueda tener acceso a la verdad, solo puede guiarse por las apariencias. Por eso, nuestro comportamiento social es un trabajo de control de nuestras expresiones y, también, de nuestras impresiones sobre las expresiones del otro. ¡Una tarea agotadora! Más aún lo es cuando no hay convergencia en los distintos niveles de nuestra fachada: cuando decimos algo con nuestras palabras, en disonancia con nuestros gestos, o en un entorno que no acompaña.

 

No somos nuestro rol, ni somos nuestro personaje

Afortunadamente, en la vida podemos actuar de diferentes maneras. Nuestro rol no nos define. No solamente por la multiplicidad de roles a la que ya nos referimos. Incluso dentro de un rol, podemos sorprender al interactuante, realizando acciones no esperadas, supuestamente no acordes al rol que estoy “jugando”[vii]. Tomamos “distancia del rol”, descolocando, confundiendo a nuestro interlocutor y obligándolo a readaptarse. En la obra “Casa de muñecas”, de Henrik Ibsen, la protagonista, Nora –para algunos la primera feminista, hoy un personaje arquetípico que encarna la “liberación de la mujer”– da el portazo dejando a su marido y sus hijos en busca de su identidad detrás de sus roles de madre y esposa fiel y obediente (“¿quién soy?”). Una monja decide preguntar los porqués de las normas de clausura; un hombre sorprende a su amigo al dejar su habitual sentido del humor y simpatía para transmitirle su enojo y así poner un límite a su verborragia. ¿Cuánto conocemos del otro? ¿Qué tan inamovible es el personaje que representa?[viii] ¿Hasta qué punto nos manejamos acorde a nuestros roles sociales? ¿Qué consecuencias trae no poder cumplir el rol para el que se nos interpela?

 

¿Y cómo llegamos a la Mediación?

¿Puede el lector vislumbrar puntos de encuentro entre el teatro y la mediación? Imagino que sí, y aventuro algunas líneas de pensamiento para ir identificándolos:

  • El teatro se nutre de la vida, y la mediación funciona como una caja de resonancia de la vida misma.

En un juego paradojal, el teatro abreva en la fuente de la vida, la convoca, la representa, la reproduce y, a la vez, “la crea”, la alimenta y la exorciza[ix]. La mediación –un dispositivo estructurado como un método para la gestión de los conflictos interpersonales– “es” la vida misma. Entonces, “a priori”, podríamos deducir que en este espacio las personas no representan, sino que viven sus conflictos, mientras que el teatro como producción humana funcionaría como un espejo de la vida, que no puede sino reflejar a la humanidad, cuestionándola, interrogándola. Sin embargo, como veremos más adelante, no todo es ficción en el teatro, ni todo es verdad en la mediación. Ser y parecer se confunden permanentemente[x].

En el teatro y en la vida se entrecruzan distintos planos de realidad. Como en un juego de espejos, nos confundimos en la comunicación. Algunas cosas son verdad; otras, ficción. ¿Qué es verdad y qué no lo es? Tal vez sea más fácil advertirlo en el teatro: todo lo que sucede en el escenario es ficción y todo lo que sucede en la platea y tras bambalinas es real. En la mediación este paradigma no es tan evidente. Sin embargo, allí también podemos encontrar los materiales utilizados en la construcción de la arquitectura teatral que divide la estructura en los dos planos: Verdad y Ficción, Realidad e Ilusión, Mundo Interior y Exterior.

En la Mediación, como en el teatro, se reproducen las interacciones de la vida cotidiana. Si partimos de la idea antes mencionada de que las interacciones humanas son “performances”, en las que existen comportamientos codificados que ocultan la verdad detrás de fachadas, generando puro ruido y confusión en ese tránsito cruzado de percepciones, entonces será tarea del mediador desentrañar –y ayudar a los mediados a hacerlo– los sentidos que se ocultan bajo los rituales de interacción.

 

  • La Mediación es un dispositivo teatral. Las reglas de la estructura dramática son compartidas por ambas disciplinas. Es un “Espacio-Tiempo” de tensión dramática:

La Mediación es el escenario de un campo de batalla: en ese espacio donde todo puede suceder, y ese tiempo acotado y condensado, las escenas que allí tienen lugar son “dramáticas” en tanto campos de tensión entre fuerzas opuestas. Así, las reglas de análisis de la estructura dramática –propias del teatro– son aplicables a la mediación[xi]. Las fuerzas son vectores, encarnados por personas con voluntades en un sentido u otro. De ahí que sea tan importante determinar cuál es el objetivo perseguido por cada fuerza, donde se entremezclan ideas, dudas, emociones, creencias, valores. En toda escena encontraremos un conflicto principal, integrado por dos fuerzas: la del cambio (alguien quiere modificar una situación dada) y la de la inercia o “statu quo” (mantener las cosas en el estado que se encontraban).

Tomemos por ejemplo a la señora Nora, que quiere divorciarse de su marido y dividir los bienes: ella encarna el cambio, desea transformar una situación dada, y para ello tendrá que luchar, poniendo en movimiento todo un juego de fuerzas. Para entender el conflicto principal de una escena, es importante tener muy en claro cuáles son los objetivos que se persiguen, que deben poder expresarse en términos concretos y no vaguedades. “Deseo ‘x’ bienes, en este momento, o dentro de tanto tiempo”. Una fuerza puede estar encarnada por un individuo o por grupos más o menos organizados, y su intensidad será la resultante de conflictos interiores. En otras palabras, una fuerza es el movimiento que surge de la toma de decisiones –a veces difíciles– donde la duda fue resuelta. Cuanto mayor es la vacilación, más intensa será la fuerza resultante, ya que es fruto de grandes cavilaciones y de un insumo de energía considerable. Nora ha dudado mucho tiempo antes de tomar la decisión. Ha reflexionado tanto que ahora la fuerza de su objetivo es inquebrantable. Una vez puestas en movimiento hacia la obtención del objetivo, las fuerzas secundarias acuden al auxilio de las principales (ayudantes), con sus consiguientes sub-conflictos, que a un observador no atento podrían hacerle perder el norte de cuál es el tema de que se está hablando: alianzas, traiciones, cambios de bando, dinámicas y estrategias más o menos sinuosas para alcanzar los objetivos que generalmente no son claros, porque existen verdades no dichas, deseos secretos, un entorno y circunstancias a veces adversos, vínculos complejos.

Una reflexión aparte merece la función que ocupa el mediador como fuerza en esa dinámica, ya que los conflictos se definen por la existencia de dos fuerzas y no tres. Si influyera como tercera fuerza quedaría fagocitada por la fuerza 1 (cambio) o 2 (statu quo), perdiendo así su carácter neutral. Por lo tanto, la fuerza 3 (Mediador) se convierte paradojalmente en una No-fuerza. El ejercicio de la neutralidad en ese campo de lucha implicará muchos desafíos, como intervenir sin alterar el movimiento de las fuerzas. Un ejercicio de acción y de reflexión, desafío que pone a prueba al Mediador.

 

  • La Mediación es una puesta en escena en la que se juegan diversos roles “teatrales”

Incluyendo, por supuesto, al Mediador, todos los participantes de la Mediación “juegan el juego teatral”, transitando uno o varios roles del teatro en la mediación. Así, el Mediador puede ser director de escena, escenógrafo, actor, dramaturgo o espectador. Prepara la escenografía, dirige y conduce el proceso, actúa representando un personaje determinado según cómo lo requieran las circunstancias, observa como público una representación que se le está brindando. También –y tal vez este sea el rol más complejo para el mediador por el compromiso de su neutralidad– en algunos casos contribuye como dramaturgo en la escritura de una nueva historia para los protagonistas.

También las partes –protagonistas del conflicto, actores secundarios, abogados si los hubiera–, estarán actuando, queriendo dirigir tal vez la obra o imponerse para ser su autor.

Sin dudas, un campo de lucha de poderes, en el que no siempre está claro qué rol asume cada uno. Las estrategias estarán condicionadas siempre por la mirada y la expectativa del oponente. Así, a cada rol corresponde una conducta esperada. ¿Qué se espera de un buen abogado? ¿Qué espera mi cliente de mí? ¿Qué espera la contraparte o su abogado? ¿Qué esperan el mediador del abogado, y el abogado del mediador? ¿Puede ser conveniente tomar distancia del rol esperado?

 

  • ¿Personas o Personajes?

Ya hemos mencionado que nos presentamos en sociedad con una fachada que construimos, que a la vez muestra y esconde, diciendo y ocultando algo de nosotros mismos. Por consiguiente, el desafío de la comunicación se da en varios niveles: el lenguaje verbal, el lenguaje de los gestos y el ambiente (el medio que nos rodea). La máscara es la expresión de la persona, pero no la persona misma (¿o sí? otra vez la identidad en juego). Como en el teatro griego, la persona se proyecta a través de la máscara, que es aquello que el público puede observar. La máscara es lo que queremos mostrar y que busca la reacción del público. El personaje, en cambio, es un ser ficticio, una invención, alguien creado por un autor. En las escenas de mediación los personajes que desfilan son varios, y son a veces tan convincentes que se confunden con la misma persona. Incluso, en algunas ocasiones el personaje “se come a la persona”, confundiendo a su mismo creador[xii]. ¿Es posible desenmascarar a alguien que fue fagocitado por su personaje? Quienes hace muchos años nos dedicamos de lleno a la mediación, estamos acostumbrados a presenciar un desfile continuo de personas representando innumerables personajes: abogados, partes en conflicto en sus más diversas variantes, a veces cómicas, a veces trágicas. Nuestra sala es un escenario, sin lugar a duda. Y nosotros mismos, incluso, como mediadores, a veces tomamos este “juego” tan en serio que tenemos dificultades para “quitarnos el maquillaje y el vestuario”. Sin embargo, entre bambalinas, detrás de escena, siempre existe un espacio donde poder hacerlo, descansar –persona y personaje– y encontrarnos con nosotros mismos.   

 

  • Texto y Subtexto.

En una escena teatral, no solamente trato de comprender lo que los personajes dicen con sus palabras, sino que, leyendo entrelíneas, intento descifrar más sentidos en lo que no dicen.

Muchos textos pueden estar en un mismo relato. Hablar por otro. Citar a otro. Decir lo que no quise decir. Decir lo que sí quiero decir. Acotar entre paréntesis.

Palabras… son actos que modifican la realidad. Y hablar no es sin consecuencias, pero tantas cosas suceden por debajo de lo que decimos: el subtexto. Muchas cosas callamos. Aquello que no está expresado, los silencios y las pausas, cobran significado en el proceso de comunicación, mucho más importante a veces que lo que decimos.

Si en un proceso de “decapado” intentamos deconstruir los relatos que las personas traen a la mediación –“performativos” en tanto son pronunciados para conmover, convencer o movilizar a un público (todos los participantes, incluyendo al Mediador)–, podrán ser desagregados en distintos elementos: una línea argumental, sucesión encadenada de las acciones relatadas inevitablemente seleccionadas por el narrador, al aparecer una descripción subjetiva, un énfasis conforme a la idea central que se nos quiere transmitir, condicionada por la ideología, las motivaciones, las percepciones de la realidad y el complejo mundo emocional que todos alojamos en nuestro interior. Así, forman parte de los relatos las omisiones, los énfasis, las perspectivas de la realidad, que los convierten en versiones de una verdad que no existe. Toda narración es un movimiento de adentro hacia afuera que va dando cuenta del sentido y significación que el “contador de historias” (story teller) le imprime a su narración, voluntaria o involuntariamente.

 

El “MediActor”: manejo del cuerpo y el espacio en la mediación:

“Acting is Reacting” Jonathan Pryce, actor.

La habilidad de un actor consistiría, según este talentoso artista, en la capacidad de reaccionar ante estímulos, tanto externos (el afuera, los demás) como internos (nuestras sensaciones, emociones e impulsos). Esta habilidad para reaccionar nos habla de flexibilidad, rapidez, velocidad, permeabilidad, presencia. En todo caso, pensamos en respuestas no mecanizadas, espontáneas y orgánicas. Desarrollar estas habilidades nos exige eliminar ciertos hábitos, ciertas tensiones que se alojan en nuestro cuerpo. Si nos entrenamos como actores, podremos intuir lo que viene y eso nos permitirá “adelantarnos” al otro, improvisando ante sorpresas.

Improvisar consiste en intentar resolver los conflictos que se me van presentando momento a momento mientras intento alcanzar mi objetivo.

En la escena de la Mediación, somos Actores y nuestro instrumento somos nosotros mismos, una trilogía “mente-cuerpo-emoción”. Nuestro cuerpo es el vehículo de nuestras emociones y pensamientos. Y allí nos hacemos presentes, atentos a “la realidad momento a momento”, a nuestro “aquí y ahora”. ¿Qué me pasa en este momento y en este lugar, con esta gente? El primer contacto con la realidad que debemos tener es con nosotros mismos. Se trata de entrenarnos en la auto-observación. Mi primer nivel de escucha deberá ser “escucharme a mí mismo”, para que no se vea afectada mi escucha general. Allí está el secreto del Actor: registrar.

Alcanzar a dominar esta técnica requiere de ciertas habilidades: relajación, sensorialidad, atención, entre otras.

Estar relajados, en un sentido dinámico, nos da permeabilidad, sensibilidad, nos permite recuperar sensaciones y emociones, estar abiertos a lo que va sucediendo momento a momento. El trabajo sensorial nos conecta con el conocimiento del mundo a través de los sentidos. Si no registramos cómo nos afecta la realidad no podremos manejar las sorpresas hábilmente. 

 

A modo de conclusión (que pretendo abierta a futuras líneas de investigación)

El trabajo del mediador es una performance. Sale a escena, despliega su personalidad, tratando de mostrar aquello que quiere mostrar, y de ocultar lo que no quiere mostrar. Sabe, también, que no puede controlar ni saber el impacto de sus mensajes en el otro. Tiene objetivos, pero no siempre los puede alcanzar. En el camino encuentra obstáculos. Del mismo modo sabe que para transformar una realidad que nos oprime, debemos ser protagonistas del cambio. El oprimido solo puede dejar de ser oprimido si se apropia del conflicto que lo oprime[xiii].

 

BIBLIOGRAFÍA

 

  • Richard Schechner, Willa Appel – By means of performance: intercultural studies of theatre and ritual (Cambridge University Press, 1990)
  • Augusto Boal – Teatro do oprimido e Outras Poéticas Políticas. (Río de Janeiro. Civilizacao Brasileira. 1985)
  • Peter Brook - El espacio vacío. Arte y Técnica del Teatro (Ediciones Península. 1986. Edición original1968)
  • Juan María Luce - La Mediación como Hecho Teatral (2018 - Revista la Trama Nº 57

http://www.revistalatrama.com.ar/contenidos/larevista_articulo.php?id=384&ed=57).

  • Marta Rizo García - De personas, rituales y máscaras. Erving Goffman y sus aportes a la comunicación interpersonal (Quórum Académico - Vol. 8 Nº 15- enero/junio 2011 – Universidad del Zulia. Red de revistas científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal).

 

 



[i] En 1994 participé en el primer entrenamiento de formación básica para mediadores de la Argentina, organizado por la Fundación Libra. En ese inolvidable curso dictado por la gran mediadora argentina María Elena Caram, la profesora de Teatro Mónica Lázaro hizo un trabajo continuo y casi imperceptible de desestructuración a través de juegos y ejercicios teatrales. Fue interesante poder observar cómo los alumnos, mayoritariamente abogados y escribanos, con formación académica tradicional, fuimos soltándonos poco a poco, animándonos a abordar roles diferentes, aprender jugando, descubrir obstáculos internos y posibilidades que estaban adentro nuestro. Esta metodología no solo contribuyó a un redescubrimiento profesional y personal, sino que también nos hizo amar nuestra tarea. Solo navegando en estos años de práctica ininterrumpida, y aún más mientras escribo estas líneas, es que me doy cuenta de la importancia de su aporte. Ella fue quien me inspiró a seguir por ese camino, como profesor de Teatro en los cursos de mediación. Fue Susana Cures, directora de AIRAD, quien me abrió las puertas con su confianza en que nuevos aires se requerían.

 

[ii] El Juego de Roles es una herramienta pedagógica no exclusiva de la formación de Mediadores. Se utiliza en escuelas, universidades, empresas. Debe diferenciarse de la dramatización, que consiste en poner en escena una situación determinada. El psicodrama, la Gestalt y las constelaciones familiares, entre otras disciplinas, utilizan estas herramientas teatrales

[iii] Tomo aquí prestadas las palabras del título “La linterna mágica”, apasionante autobiografía donde Ingmar Bergman nos muestra la vida en el cine y el cine en la vida. 

 

[iv] En la tragedia “Antígona”, de Sófocles, tal vez esta podría ser una línea de pensamiento en los argumentos que la heroína sostiene para intentar justificar su accionar. ¿Qué ley debe primar, la de los hombres o la de los dioses?

 

[v] En su famosa obra “Hacia un Teatro Pobre”, Jerzy Grotowski –referente mundial de la investigación teatral– explora la idea mencionada. Lo más importante es que se produzca el contacto humano. Desarrollo estas ideas en mi artículo “La mediación como hecho teatral”, publicado en 2018 en la Revista la Trama.

 

[vi] Persona en la Grecia Antigua era sinónimo de Máscara.

 

[vii] Muy interesante cómo en algunos idiomas, por ejemplo el francés y el inglés, lo teatral se identifica con el juego. (Play = jugar o actuar; Jouer= jugar o actuar).

 

[viii] En el prólogo de su obra “Seis Personajes en busca de autor”, Luigi Pirandello habla de la inmutabilidad de los personajes en contraposición a la variación y finitud de la persona.

 

[ix] Ver en “El Espacio Vacío” de Peter Brook, su desarrollo del Teatro Sagrado, donde revaloriza a Jerzy Grotowski en su búsqueda del Actor Santo: aquel que encuentra el sentido de su vida en el hecho teatral.

 

[x] Denis Diderot reflexiona en “La paradoja del Comediante” sobre el trabajo del actor, sosteniendo que el tomar distancia de su personaje siendo frío y reflexivo, generará mayor empatía y emoción, en lugar de vivir el personaje.

 

[xi] Es notable cómo los aportes de la conflictología se asemejan a los estudios de drama. Como ejemplo pienso en las relaciones entre los aportes de Entelman en su “Teoría de Conflictos”, y los estudios sobre la estructura dramática del profesor de teatro Raúl Serrano.

 

[xii] “Frankenstein”, de Mary Shelley, es, a mi juicio, la expresión más acabada de esta idea. El creador termina siendo víctima de su propia criatura.

 

[xiii] Augusto Boal. Teatro del Oprimido.

 

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